Nadal derrota a Djokovic y pasa a semifinales: de día o de noche, es infalible en París

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El tenis no tiene nada comparable a este duelo. El deporte, en general, pocas de estas. Porque hubo 40 partidos entre Federer y Nadal pero todo era pulcritud, respeto. Porque los 59 Nadal-Djokovic es a todo o nada, a cara de perro, a fuego contra fuego. Y en la noche, Nadal atraviesa a Djokovic como un rayo, electrocutando su juego con un tenis brillante, al más estilo Nadal: garra, corazón, puños y semifinales. De día, de noche, Nadal.

Aunque las televisiones tengan más poder que sus 110/109 victorias en la Philippe Chatrier, el balear es ídolo en Roland Garros, juegue contra quien juegue. Incluso si es contra el número 1 del mundo. Sus partidos se pueden seguir sin estar en la pista. Basta con sentarse en cualquier banco del recinto y seguir los puntos con los aplausos y los vítores. Aplauso fuerte, 15-0; más decibelios, mejor punto;vítores y temblor en las plataformas de la grada, juego. No hay duda. Si hay error o punto del rival, los aplausos tienen menos repercusión pero se multiplican los ‘Vamos, Rafa’, con acentos de todos los colores.

Ganó Djokovic esa victoria moral del horario nocturno. Lo que Nadal no quería, pues impedía que su golpeo, sus efectos, su forma de entender el tenis, floreciera con toda la viveza que sí ofrece el sol, el calor, la sobremesa. Pero se quedó el serbio con ese premio menor, petrificado una vez salieron ambos a la pista y el frío y la humedad que se presagiaba jugarían a su favor, lo envolvieron en una neblina de ideas y tenis. Fueron diez minutos de primer juego. Serían 12 en otro parecido en el segundo set, o 18 en algún otro. No hay mayor batalla de egos y hambre por ser el mejor de la historia que la que libran estos dos. Ser mejor que la versión anterior de ellos mismos, ser mejor que el rival, ser mejor en el tiempo, en todos los tiempos.

Contempla encantada una Chatrier llena en sus 14.700 butacas cómo el trece veces campeón en París va directo hacia el decimocuarto mordisco. Abre grietas cada vez más grandes en el serbio; y el partido, que se presagiaba largo, comienza a ser una tortura para el número 1. Ese que llegaba con mejores sensaciones a este choque, después de encadenar nueve triunfos consecutivos y el título en Roma, y sin despeinarse en las rondas anteriores. Lo destroza ese Nadal que venía con aparentes problemas, ese pie que lo dejó fuera de Roma antes de hora, y con ese mensaje, entre la realidad y la nostalgia, de que no sabe cuántos partidos más habrá en París.

Lo dice el tiempo, claro, porque son 36 años los que cumple el día 3, pero se muestra al inicio y a mitad de la noche el Nadal más entero, el de las rachas infinitas, el de los once títulos en Montecarlo, el de los doce en el Conde de Godó, el de los diez en Roma. Un vendaval que recuerda a aquella final de 2020. La otoñal. La que no quería tampoco Nadal porque el frío anula sus efectos y la pelota, como él dijo, era una piedra.

En la noche de 2022, 15 grados y bajando, es una hora el primer set, pero se solventa con un irreverente 6-2 para el balear. La charanga, un puñado de aficionados vestidos de blanco, hace las delicias cuando no las hace el español con el punto en juego. Es un acoso y derribo. A las dejadas de Djokovic llega siempre Nadal para devolvérselas con todavía más precisión. Y al serbio se le va cayendo la cabeza de incredulidad e impotencia conforme el español mete en el cuerpo y en la grada el calor que falta en el ambiente.

Es un 6-2 y 3-0 que duele a Djokovic, que despierta. También sus seguidores, que se cuelan entre el aluvión de Rafas que emite la mayoría. Idemo, idemo que eleva al serbio, que tarda 18 minutos en encontrar el break y continuar hasta el 4-3 a favor sacando ya todos los puños posibles. El partido no solo se juega con raqueta. Las ruedas de prensa, los horarios, los gritos al cielo, las toallas de distintos colores, las cabezas gachas o los brazos en alto. Y se enciende la Chatrier porque aumenta nivel el serbio y también se lo exige Nadal.

Ningún juego es en blanco, no hay espacio para pensar en el pie ni en las estadísticas. Es el aquí y el ahora. En un partido de cuartos.

Le ha costado muchísimo al serbio remontar en la segunda manga (88 minutos), pero enseguida aprieta el acelerador Nadal en la tercera. Previo paso por el vestuario, break y confirmación. Vuelve a estar en racha con la derecha y percute sobre el revés de Djokovic, que no es lo fino que suele (53 errores no forzados). Tendrán 35 y 36 años, habrán pasado 42 y 36 veces por esta ronda en un Grand Slam, pero hay tensión acumulada que en otros se llaman nervios. Tiembla el serbio, desordenado en sus golpes porque no parecen hacer daño a este Nadal por momentos invulnerable de París. Ni siquiera dos dobles faltas hacen que se desequilibre esa aura que lo ha envuelto en 110 victorias aquí. Llega a todo, culmina con maestría y funde a Djokovic en cada punto, aunque todavía no lo sepa.

Así como en otros partidos del balear, en el aire se nota que lo tiene bajo control, aunque vaya abajo en el marcador, contra Djokovic es toda una incógnita. Imposible definir quién lleva el mando porque va a rachas de inspiración. Pero incluso cuando Djokovic parece tomarlo en el cuarto set, Nadal atraviesa al serbio como un relámpago: levanta dos bolas de set, recupera los dos breaks, desde el 2-5, y electrocuta al de Belgrado en el tie break.

De día, de noche, Nadal no falla en París. Encaminado hacia su decimocuarto título, que tiene a dos pasos de distancia. El primero, el viernes, contra Alexander Zverev, que se convirtió en un iceberg, pulcro, inspirado, firmepara despachar a Carlos Alcaraz.

«Una noche mágica. Contra Djokovic, uno de los mejores de la historia, siempre es muy difícil y solo puedes jugar a tu máximo nivel. Y solo puedo decir gracias, gracias, gracias a toda la grada. Sabéis lo especial que es para mí este torneo, el más importante de mi carrera y lo que he sentido hoy es increíble».

Fuente: ABC

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